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En torno a la razón poética de María Zambrano.



El hombre que reflexiona sobra si mismo se ve enfrentado a una imagen especular que se clava poco a poco sobre su conciencia. Yo que emerge de su propio derrumbe, conciencia de la filosofía occidental que deja en la sombra todo aquello que tiene que ver con la sensibilidad humana. Desde Platón y su celebre disputa con los poetas, que no es sino quizás la de un lírico frustrado, pasando el Descartes de las reglas y las meditaciones, la filosofía ha dejado atrás toda visión poética, creadora de la realidad, y así, los sentimientos se han visto arrojados al plano de aquello que además de inducir al error, no ha de ser dicho. 
Habrá que esperar a Kant y su rehabilitación del gusto en la crítica del juicio para hacer entrar en colación una verdad que aún siendo evidente parecía velada por un tremendo olvido, que en el hombre el ser libre del existir es querer que parte del sentir.
El pararse del hombre a pensar, el conocerse a uno mismo siempre parte de una realidad que lo apela, que lo ensimisma en un problema que ha de ser afrontado o bien mediante un trabajo, en el caso de la relación que el hombre mantiene con la naturaleza, o mediante una poética, en el caso de la relación del alma con el mundo. 
A través del espejo se abre un camino, ventana de luz que parte de las sombras del propio hombre, camino que va del sufrir a un lugar primigenio donde es posible poder vivir. Camino que no es el de la verdad de lo real, sino de un logos que se adentra en la poético para recuperar lo sagrado que hay en la vida, yendo más allá de la búsqueda de lo perdido y del súbito dolor que al dolor lleva, mediante una palabra que brotando de manantial sereno, abre en lo que es un horizonte nuevo. 
Si el espejo de la filosofía no es ventana para ver más allá del yo el diálogo puede ser catalejo para distinguir entre el marasmo de ecos de la jungla de lo real y el monótono soliloquio de una razón enredada en la noria del tener-poder la forma de  recordar el ser propio del sentir. Ser que cabalga entre silencios y palabras y que en la pureza de lo que religa más allá de la realidad la crea. 
El hombre que uno es fue un niño que ahora busca un paraíso perdido una Edad de oro, un diálogo nutritivo con la tradición de la que parte, cuando se va para mejor darse, para no ser únicamente  ser para la muerte, sino ser vivisintiente que hace de su ser arrojado al existir, abrazo que desde su propia nada se propulsa desde lo humano de una razón poética que reintegra los diferentes fragmentos que habitan los infiernos del hombre a partir de la dinámica clara y pura del eros.
La poiesis es expresión y creación al unísono. Es lo que es, unidad de la que nacen separándose poesía y filosofía, dando como resultado y efecto lo que hay: un conflicto histórico entre filosofía y poesía, inaugurado por el joven Platón, el cual sanciona a los sofistas como fabricantes de sueños y de sombras. Por el contrario para María Zambrano, Filosofía, Poesía y Religión caminan en un mismo sentido. La razón poética será metafísica y religiosa, mundana y filosófica. Parte del símbolo como imagen comprendida y descifrada por una razón que adecua la totalidad del animo al transcurso de la vida cotidiana. El símbolo es tanto lo que acomoda el pensamiento uniendo sentimiento y razón, como lo que nos permite clarificar la imagen del sueño como si de una ventana a la vida del espíritu se tratase. Es un fragmento con sentido religante, apertura a la vida anímica común de los hombres, al sistema social que le confiere un significado al relacionarnos con lo real y viviente: ¨Y la verdad es que toda realidad se anuncia y anuncia algo; todo lo real tiene un carácter profético¨ .Será lo que mueve en tanto que interesa, en tanto que produce relaciones vivificantes entre personas. Símbolo como camino que descifra el laberinto donde mora lo poético. En dicho laberinto los indicios son jeroglíficos que sólo el sentimiento soluciona ya que la razón se enreda o tropieza, salidas que transmutan el mal y proporcionan aquella confianza que vivifica y da plenitud al hombre.
La razón clásica expulsó a todo aquello que no cabía dentro del sistema de la razón técnica, instrumental. Para Zambrano se ha tendido a ver la razón como una, analítica, lógica, causal, pero sólo desde la constatación de la crisis cultural que se venía anunciando desde el siglo XIX, se ha intentado recuperar el sentido que reconcilia a la realidad con una filosofía, que sin ser contraria a la ciencia, se interesa por otras formas propias del devenir de la vida del hombre. Zambrano piensa que la crisis de occidente es producto del desfase que media entre el desarrollo de las ciencias y la técnicas, y aquellas otras disciplinas que se refieren a lo humano. La deshumanización del arte es sólo reflejo de la perdida de atributos de un hombre demasiado ocupado en hacer frente al ritmo vertiginoso de una vida que se descompone, una vida donde no es posible pararse a pensar ni por un instante en quien es realmente uno mismo, cuales son los problemas que uno sufre y cuales son las posibles soluciones con las cuales afrontar dichos problemas. Ahí aparece la poesía como un despertar del pensamiento a partir de lo sentido que a su vez es sentido que permite al hombre encontrar su propio ser a partir de aquello que le falta, guía y raíz de un sentir originario, razón nueva que ilumina en tanto que siendo útil a nuestros propósitos no es mera posición utilitaria frente a la vida. Se presenta como algo más que la simple vida, vida nueva que rescata los sentidos sin por ello caer en la irracionalidad. El poeta parte del asombro, de la dispersión del corazón, de la palabra irracional que en él habita. En su búsqueda, que es caída y donación, se aleja de la realidad en silencio e intenta comprender lo que esconde dicho asombro, entre su cielo y sus infiernos, desde la desesperación y la angustia, poco a poco y con gran esfuerzo, pasa del el embriagamiento a la plenitud de la claridad. Es la escenificación de la tragedia humana, de la danza macabra de la muerte a la que únicamente la fuerza del amor vence.
En el Banquete de Platón se destaca la importancia que el amor marca respecto a la vida humana, ya que a partir del eros el alma recuerda lo que era y había perdido. La lectura platónica que Zambrano realiza parte de la interpretación que sobre esta lleva a cabo Plotino en sus Eneidas, así como del camino que San Agustín marca a la patrística. La relación entre filosofía y poesía, entre ciencia e imaginación, se vivifica de forma creciente en la modernidad dando como ejemplo aquella ética espinoziana donde las pasiones humanas son tratadas como si de líneas y superficies se trataran. El artista desarrolla desde entonces una gran lucidez acerca de las secretas pasiones que guían el actuar humano. Muestra de ello serán los atormentados personajes de las tragedias de Shakespeare, o Cervantes. A continuación, tanto románticos como simbolistas harán de las fuerzas divinas y demoniacas su centro de atención. A partir de aquí, arte y vida pretenderán ser una misma cosa valiéndose de las labores de una razón prometeíca, que en su empeño de transformar el mundo, desarrolla una ética que exalta la vida a partir de la angustiosa mirada que presta, mirar desde el precipicio que el mismo poeta representa.. Una angustia que le mueve a anhelar lo que le falta, a buscar su ser fuera de si, a ser vehículo del propio logos en su búsqueda de lo perenne, lo que aparece a partir de un sentir originario y primitivo, un discurso acerca del amor y el sufrimiento que propaga la vida y la transciende.
María Zambrano.
-Algunos lugares de la poesía.Trotta, Madrid 2007.
-La razón en la sombra. Antología crítica. Siruela, 2004.